Luz.Sandoval.iDon Cheno se quedó mirando la puerta con nostalgia, tomó su bordón y caminó despacio hacia ella. – ¡Un yugo de acero! – me dijo resueltamente.

   El hombre de casi cien años, había nacido en los tiempos en que el pueblo alcanzó su mayor auge, recién a principios de 1930, y estaba seguro de que lo hecho por el heroico mártir del agrarismo, que fue Juan Mendoza, no lo merecía ninguno de los que ahora trabajaban sus tierras.

   Casi noventa años habían pasado ya desde que con júbilo, Mendoza, Sotelo, Chaparro y los otros, lograron arrebatar, por la vía legal, un ejido que garantizaría a ellos y todas las familias que conformaban el pueblo, tierras para el cultivo “con la alagueña esperanza de cosechar el sustento de sus hijos”. Pero los tiempos eran difíciles, los terratenientes no se dejarían “ultrajar” tan fácilmente, y la gente de Mendoza tendría que prepararse para defender con sus vidas su derecho a cosechar los frutos de su trabajo.

   La vida de don Juan Mendoza debió comenzar hacia 1882, en el poblado llamado San Antonio de las Cuevas, cuya historia ha sido preservada en los ricos archivos de la Ciudad de México. Heredero, por la línea paterna, del legado indígena de los aguerridos Yaquis, y descendiente por la materna de los Españoles fundadores de lo que hacia principios del siglo XVIII se conocía como el puesto de la Cueva, tuvo una educación esmerada, en comparación a la situación lamentable de la mayoría de sus hermanos de clase.
Hacia sus 28 años, en 1910, cambió las aulas, donde era director escolar, por la carabina y la carrillera, para sumarse a las fuerzas revolucionarias, que prometían quimeras a las gentes de los pueblos, con el fin de modificar el orden institucional. Su participación en la gesta histórica fue magra, aunque le tocó presenciar la legendaria toma de Ciudad Juárez, a casi ochocientos kilómetros de su casa, perdida en la sierra del sur del estado de Chihuahua.
Juan.Mendoza.Y.Tomás.Molina   Conocida su valentía y habilidad con las armas, y su nada despreciable educación, la gente de su pueblo debió ver en él la voz que abogaría por sus causas. Empero, la vocación de Mendoza estaba en el campo, y así alegraba sus días, cultivando sus tierras y colaborando en las arduas labores comunitarias. Casado ya, y con media docena de hijos, hacia 1918 cuidaba de sus ancianos padres con un amor inefable.
   No obstante, los felices momentos por los que pasaba el pueblo, perdido en el tiempo, contrastaban grotescamente con lo que ocurría en el resto del país, cuyas yagas abiertas en tiempos de la Revolución no podían cerrarse con facilidad. Abigeos, salteadores de camino y bandoleros horadaban el honor de las mujeres y robaban todo lo que podían en un país donde regía la ley del más fuerte. Y así fue que, traído inevitablemente por los azarosos vientos de aquella época, el señor Francisco Villa llegó al pueblo de la Cueva, acompañado de varias decenas de sus dorados.
   La noche cayó como cualquier otra, y las mujeres del pueblo, ya en sus casas, encendían los fogones donde preparaban el atole que daban a sus hijos y esposos, mientras silenciosas sombras se iban perfilando por la legendaria sierra de la Mesa. Un hombre enorme al frente, que para muchos que lo recuerdan parecía más bien un centauro, guiaba al silencioso grupo que le idolatraba como a un dios. La ilustre habilidad de éste que había mostrado su genio militar durante las batallas contra la dictadura, se había tornado, años ha, en una máquina de destrucción incontenible, y ahora su odio se había enfocado, por oscuras razones, en las gentes del pueblo de la Cueva.
   Los que recuerdan la tragedia cuentan que los hombres del poblado fueron encerrados a la fuerza en un cuarto de dimensiones inapropiadas para hospedarlos a todos. Apretados y en lamentables condiciones, debieron pasar una noche angustiosa. Las mujeres, se cuenta, fueron puestas a disposición de los seguidores del villano. Incluso existe el recuerdo de madre e hija que, por insultar al señor Villa, fueron quemadas vivas en aguarrás.
   A la mañana siguiente, apenas aparecido el sol, no se hizo esperar la orden de que fueran sacando, uno a uno, a los hombres encerrados. Desde dentro y entre sus oraciones, los campesinos imploraban ser los siguientes en salir, mas pronto se enteraron de que al cruzar la puerta, sus compañeros iban directo a una soga colgada de la rama de un viejo mezquite. Entre los jóvenes y ancianos que murieron esa mañana se encontraba el venerado padre y el hermano menor de Mendoza. Su odio hacia villa debió permanecer como una astilla enterrada en su corazón hasta el día de su muerte.
bruno.sotelo   A partir de tan fatídico suceso, Mendoza se hizo Jefe de las fuerzas armadas de la región y estrechó lazos con el entonces gobernador del estado, ganándose así una amistad que años después redundaría en beneficios, entre los cuales estaba el que se les entregara tierras de cultivo a los pobladores de la región que él lideraba.
   No obstante, su vida se extinguía, y un hombre con sus características difícilmente podía morir en paz, en una cama. Los últimos quince años de su vida los dedicó a la defensa de sus desprotegidos compañeros, luchando siempre por la causa campesina. Y así fue que el odio de los que más tenían recayó sobre él y no dejaron de perseguirlo hasta su muerte. Son variadas las noticias que nos hacen saber de violentos encuentros en los que se enfrentaba con las fuerzas municipales, y de los cuales resultaba, las más de las veces, gravemente herido. Mendoza se ganó, pues, el respeto de sus enemigos, quienes se convencieron de que si le iban a dar muerte no podía ser en lucha, sino a traición.

   El siete de junio de 1931, mientras dormía en la sala de espera de la estación de trenes de Ciudad Jiménez, Chihuahua, Juan Mendoza fue asesinado por un grupo de desconocidos, “mientras soñaba, quizá, con mejores días para sus hermanos de clase”.

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