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La mayoría de las ciudades latinoamericanas tienen algo en común: en ellas conviven indígenas, mestizos e hijos de inmigrantes en una relación pocas veces fraternal y desinteresada.

   En mi caso, siendo originario de Chihuahua en el norte de México, el Tarahumara y el Tepehuan fueron mis primeros ejemplos de lo que significa ser indígena. Ya fueran hombres vendiendo hierbas medicinales de casa en casa, niños pidiendo kórima (palabra Tarahumara que significa algo así como “compartir”) o incluso mujeres, con sus trajes tan abundantes en colores, vendiendo artesanías muchas veces con sus críos más pequeños envueltos y colgando de la espalda. De algún modo, su presencia en la ciudad y sus quehaceres me parecían “naturales”, una parte más del panorama general, como un componente que está ahí de facto, y mis sentimientos hacia ellos eran mezclados, a medio camino entre lástima y respeto; lástima por ver las condiciones humildes en que la mayoría de ellos vivía y respeto por esa mirada desafiante y orgullosa que siempre he sentido al mirarlos a los ojos.

   Y no fue sino hasta que dejé mi ciudad natal, persiguiendo mejores oportunidades en el sur del país, que comencé a cuestionarme acerca del indígena y me di cuenta del yugo bajo el que trabajosamente intentan sobrevivir. Un yugo de humillación, opresión y olvido que el mestizo ejerce sobre ellos. Ciego a esta problemática durante muchos años vi la misma venda nublando la rozón de mis hermanos mexicanos (y muchos latinoamericanos); muchos son los ciegos, pero más (y esto es aún más angustiante) son los que no quieren ver.

   Pensando en todo esto, hace poco, cuando caminaba por el centro de Chihuahua, no pude evitar la curiosidad y el impulso de hablar con un músico Tarahumara que encontré en mi camino, y no pasó mucho tiempo antes de que un Tepehuan curioso, amigo del músico, se nos uniera y entre los dos me instruyeran un poco acerca de su cultura y problemas que como comunidad enfrentan.

   Según me contaron, en cuanto a tradiciones, el Tarahumara y el Tepehuan son muy similares, comparten las yúmares (más abajo abundo en este respecto), el tesguino (bebida alcohólica típica) y varias otras tradiciones. No obstante, su lengua es muy distinta y su aspecto es fácilmente distinguible (el tarahumara es de complexión más robusta y menos alto que el tepehuan), indicando un acercamiento más bien reciente, aunque no familiar (el tarahumara se casa con tarahumaras y el tepehuan con tepehuanes). Pero no importando las diferencias, ambos no batallaron para ponerse de acuerdo en un hecho importante e inquietante: su cultura, sus tradiciones, se encontraban en peligro.

   Insistentes comentarios apuntaban a que la culpa era nuestra, de los chabochis o mestizos, quienes no teníamos respeto por su cultura y sus tradiciones que ellos han heredado desde mucho tiempo atrás. Los políticos, los mestizos, según su propia impresión, les deprecian, los insultan, los engañan y los reprimen.

   Sus tradiciones, ya de por sí transformadas por el Catolicismo durante más de cuatrocientos años vienen a recibir ahora el latigazo de otras ideologías, las cuales no quieren adaptarse al indígena sino que quieren que este adopte una filosofía, una forma de vida que deje atrás todo lo que eran.

   Con tristeza, mis nuevos amigos me contaban de otros indígenas que dejaba olvidadas sus tierras, sus festividades, sus celebraciones, heredadas por los abuelos, por irse a leer el librito. Ya no entienden otra cosa me decía uno de ellos como quejándose conmigo.

   Amor y compasión; mis sentimientos me llevaban a sentir tanto amargura como esperanza. Amargura por ver la corriente contra la que debe navegar una comunidad para sobrevivir a la tendencia homogenizadora de las modernas sociedades, pero también esperanza porque veo el deseo, el fervor de algunos de ellos por rescatar sus tradiciones…

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