Marcín, mi hospedero en Dębica, Polonia, se detuvo y miró el bosque frente a nosotros. “En estos montes nacen las montañas Carapatos que definen los balcanes”, dijo tranquilamente y luego agregó: “creo que aquí es un buen lugar para hacer la fogata”.
DSCF7291Ramas secas de Hayas (Fagus sylvatica) adornaban abundantes el suelo, y de ellas juntamos un buen número. Entonces hizo una estructura con los palitos más delgados y aparto otros un poco más gruesos; le extendí la corteza de Abedul (Betula pendula) que habíamos recolectado antes y le prendió fuego. La fogata se animó, y nuestras mentes se dejaron llevar por el hechizo que le es propio a las lenguas de fuego.
En aquella época pensaba yo pesimistamente, y en el momento en que me preguntó acerca de mi percepción del estado de las cosas en el mundo en la actualidad, yo sólo pensé en el desastre ambiental, en la voracidad de las corporaciones y transnacionales, y en el olvido de los de abajo y de la naturaleza… Todo me parecía destrucción y por tanto no veía ni me interesaba algún modo de ayudar al prójimo en un mundo que, de cualquier modo, estaba destinado a hundirse (si si, fatalista, lo sé). Afortunadamente, Marcin tenía otra opinión.

“El poder de la gratitud” dijo sin levantar la mirada del fuego, y entonces me comenzó a explicar cómo en realidad podíamos impactar el mundo actuando generosamente, y siendo efusivamente agradecidos. Me contó la historia de un monje enviado por Dalai Lama a Polonia con la única intención de ayudar. “Un tipo fascinante” me decía Marcin. Supuestamente se trataba de un monje, humilde, pero con toda la voluntad de ayudar a los otros. Y entonces, cuando el recibía ayuda de alguien, era ridículamente efusivo en sus demostraciones de gratitud. “Cuando agradeces a alguien” decía, “esa persona siente satisfacción, y se da cuenta de que le gusta ayudar, de que quiere hacerlo otra vez, y es esta una cadena de bondad que debemos ayudar a multiplicarse con nuestra bondad y agradecimiento.”
DSCF7578Inmediatamente recordé innumerables experiencias en las que yo mismo había recibido ayuda en el camino mientras viajaba haciendo auto-stop, y platicando con la gente, era casi una constante que confesaran que ellos en el pasado habían sido ayudados, y ahora ellos lo hacían siempre que podían. Incluso me encontré con gente que en sus coches, al verme pedir aventón hacían maniobras peligrosísimas antes de detener el coche, salvándose milagrosamente de ocasionar una tragedia en las autopistas, “no podía irme sin ayudarte”, confesaban de modo casi cómico.

Todo esto lo saco a colación pues hace poco, mientras leía unos ensayos de José Marti, me encontré con uno titulado “Maestros Ambulantes”. El título me llamó rápidamente la atención, y el contenido me conmovió hasta los cimientos:

… la cosa importa, y no la forma en que se haga.

   Hay un cúmulo de verdades esenciales que caben en el ala de un colibrí, y son, sin embargo, la clave de la paz pública, la evolución espiritual y la grandeza patria.

   Es necesario mantener a los hombres en el conocimiento de la tierra y en el de la perdurabilidad y trascendencia de la vida.

   Los hombres necesitan quien les mueva a menudo la compasión en el pecho, y las lágrimas en los ojos, y les haga el supremo bien de sentirse generosos: que por maravillosa compensación de la naturaleza aquel que se da, crece; y el que se repliega en sí, y vive de pequeños goces, y teme partirlos con los demás, y sólo piensa avariciosamente en beneficiar sus apetitos, se va trocando de hombre en soledad, y lleva en el pecho toas las canas del invierno, y llega a ser por dentro, y aparecer por fuera,- insecto.

   Ser bueno es el único modo de ser dichoso.

   Ser culto es el único modo de ser libre.

Esto he aprendido, pues, en el camino, y se convierte cada vez más, en una lección fundamental en mi viaje. Ahora yo lo dejo a su consideración…

¡Felices andanzas!

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