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Don Faustino Chaparro

Durante la búsqueda que realicé en torno a Juan Mendoza me encontré con personajes sumamente apasionantes.

    Estaba por ejemplo un hombre temible, llamado Tomás Molina, cuya fiereza en el campo de batalla la recuerdan los ancianos del pueblo aún a cien años de su muerte. De él se dice por ejemplo que experimentaba un extraño placer a la hora de pelear, lo cual hacía siempre entre carcajadas delirantes.

    Otro personaje sumamente fascinante es el de Bruno Sotelo, un hombre que aunque nacido a principios del siglo XX, ya en 1927 era el segundo al mando después de don Juan Mendoza. De él se cuenta que era un hombre sumamente amoroso y comprometido. Sus tierras eran sembradas con todo tipo de frutas y verduras, y sus cosechas se veían complementadas con algunas vacas que los proveían de lácteos, así como un puñado de gallinas. Su forma de cultivar era tal que producía prácticamente todo lo que consumía su familia. Su amor hacia su esposa, María Chavira, era proverbial, mas su compromiso con el pueblo estaba por sobre todo lo demás. Se dice que un día, recién asesinado Mendoza, María le dijo a su esposo: “Bruno, vámonos antes de que sea demasiado tarde” a lo cual Sotelo le respondió convencido “Marillita, si no yo, ¿quién?”. Algunos meses después, enemigos del gremio agrario secuestraron y asesinaron al joven héroe.

    Y aunque a los nombres anteriores podría sumar algunos otros, me gustaría referirme con cierta extensión a uno que resulta casi inverosímil insertado en este contexto; un personaje que, pongámoslo claro, nació y creció en una época de extrema violencia en el país, en una zona rural alejada a un par de días a caballo (único medio de transporte de la época) del centro de abastecimiento más cercano. Se trata de Faustino Chaparro Molina, un librepensador, educador y poeta en todo su derecho, como veremos adelante.

     Nacido en 1883, en el entonces municipio de san Ignacio, Chihuahua. A muy temprana edad sufrió un accidente que lo marcaría por el resto de su vida.
Se cuenta que en cierta ocasión, en que el río de Balleza había crecido abundantemente, sus padres, al intentar atravesar por un vado, subieron al pequeño Faustino en una yegua, mientras ellos avanzaban a pie. No obstante, la inquietud del niño o la poca mansedumbre de la bestia, propiciaron que el infante resbalara y cayera al río, quedando atrapada una de sus piernitas a una soga de la montura, dañando permanentemente alguno de sus tiernos músculos. Faustino Chaparro quedó cojo a partir de ese momento, y su pierna nunca llegaría a desarrollarse completamente.
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De izq. a der. Efraín Chaparro, Juan Mendoza y Faustino Chaparro

Pero lo que aparentó ser una desgracia en un inicio, se convirtió, probablemente, en una condición que marcaría afortunadamente el resto de su vida. Y es que, al ser inútil para el campo, en una comunidad campesina, tuvo que buscar otro modo de sobresalir y ganarse la vida, y así fue que se dedicó de lleno al mundo de las letras.

     Ya en 1902, a la edad de 19 años, es nombrado director de una escuelita en san Javier, una comunidad cercana al pueblo de san Ignacio, teniendo la obligación de fungir, además, como profesor de los tres niveles que se impartían en ese entonces. A partir de ese momento lo encontramos completamente comprometido a sus labores docentes, ya elaborando minuciosos reportes de sus actividades, ya solicitando libros o útiles indispensables para sus enseñanzas. Fue quizá en esos años de juventud en que conocería a uno de sus grandes amigos de toda la vida, con quien compartiría su pasión por la educación: Juan Mendoza, quien por esos años era director en la escuela de un poblado vecino llamado san Nicolás del Cañón.

    Después de esto, vemos a Chaparro constantemente unido a Mendoza y su labor por ayudar a los campesinos. En 1927 son ellos dos los que promueven la construcción de una escuela en el pequeño pueblo de san Antonio de la Cueva (hoy Juan Mendoza).

    No obstante, el verdadero carácter de Faustino, y su compromiso para con los pueblos, se nos muestra en su correspondencia con una de sus hijas, donde dice: “Me satisfacen tus aventuras, porque se encaminan a forjar el alma de los moradores de los pueblos para engrandecer a la patria. Esa labor social alaga y deja una satisfacción en el corazón de quien la hace, no importa los tópicos con que uno se encuentre”.

    La correspondencia de Faustino con su hija, de la cual conservo algunas pocas cartas, es aprovechada siempre para analizar alguna oración gramatical, proponer algún problema matemático o discutir alguna idea de la física contemporánea. En una carta, particularmente interesante, le dice a su hijita: “me preguntas que cómo se formó la naturaleza, el mundo y todo lo que existe. Te diré…” y acto seguido empieza a discutir la esencia del eter, la formación de planetas y la generación de la vida en la tierra, concluyendo finalmente que dios no existe.

    Pero si sus cartas llamaron mi atención fue principalmente por sus poemas. En una carta, dedicada a una amiga, escribe:

 “Alegre mariposa, que naciste
al rítmico canto del amor,
matizando el gemido que reviste
alegre trino de triste ruiseñor.
Lira que brota con ferviente anhelo
tal niño dedica sus primores;
alado querubín bajó del cielo
hermanizando y reviviendo amores.
En frescas alboradas de la vida
rimas la esencia de tus bellos dones
nidos de amor a la niñez querida…
al hombre, gratas y dulces emociones
Nítida flor brotada al embeleso
de idilios que el amor armonizó;
eco fecundo de tronante beso
céfiro bello que Dios glorificó”

   La gran labor que desempeñó, su entereza, se ven reflejados en un certificado que se le hace entrega en mayo de 1931 (un mes antes de la muerte de su gran amigo Mendoza) y le hacen saber que “… ha desempeñado su cargo con toda eficacia, impartiendo su instrucción no sólo a niños y adultos de ambos sexos del poblado, sino también a los de los lugares inmediatos, quienes lo prefieren y con beneplácito se acercan a él para recibir sus clases.

    En épocas de contagio como en 1929 que una mortífera peste cogió al pueblo en masa, sacrificó su sueño y sus honorarios en atender a los pacientes que eramos todos hasta que logró cortar el mal, de cuyo servicio le somos y le seremos deudores para siempre…”

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