El pase de diapositivas requiere JavaScript.

No muy lejos de la Sierra que llaman La Virgen, hay una casita sencilla, habitada sólo a ratos, cuyas paredes son testigos silenciosos de una realidad poco aparente en el semidesierto.

Durante mi vida vuelvo continuamente a dicho lugar, y mi percepción de el y los alrededores ha cambiado completamente desde mis primeras visitas, aunque casi estoy seguro de que el paisaje se ha mantenido invariable, al menos, durante toda mi existencia.

Estas tierras eran frecuentadas por los españoles y mestizos en su camino hacia los Estados Unidos cuando aún no existían las carreteras que hoy día atraviesan los médanos de Samalayuca (un terreno, este, sin duda poco menos que imposible para las carretas de antaño). Y sumado a los ya de por sí numerosos peligros del desierto en estas tierras, cercanas a la mencionada sierra, estaba el hecho de que ahí habitaban también los temibles apaches.

Cuando niño, mis temores y angustias al visitar la casita eran abrumadores. Pero poco, si no es que nada, sabía yo acerca de los apaches y de las criaturas salvajes que habitaban en el desierto. Mis miedos venían de otra parte, más oscura y temible: mi imaginación.

Sin cuestionar lo viable o plausible de mis pensamientos, por la noche el exterior de la casa, sumergido en la más profunda oscuridad, tan oscura como el más oscuro de los agujeros negros, se transformaba en un diabólico aquelarre donde cualquier cantidad de criaturas salvajes, hombres y seres sobrenaturales comulgaban y concertaban el modo más perverso de venir por mi… Y yo esperaba, hecho bolita, debajo de mis cobijas. Afortunadamente aquellos fantasmas de mi mente nunca se atrevieron a cruzar el umbral y yo sobrevivía cada vez, felizmente, para volver a casa.

Ahora vuelvo a aquel lugar, y todo me resulta distinto. La noche se ha convertido en un plácido refugio contra el calcinante furor del sol de verano, y me regala una belleza inconjugable bañada en infinitas gotas de luz que van girando sobre la fresca oscuridad de la bóveda celestial. Las mañanas son un fresco beso amoroso aconsejado por el canto de múltiples aves y el silencio de las montañas que ya aparecen tímidas a lontananza, pintadas de azul distante. Las tardes son silencio, calor y respeto: el siempre ardiente sol se pasea en su palacio y todas las criaturas de este mundo bajan la mirada frente a él… y así se transcurren los días.

Empujado por una curiosidad respetuosa, salgo a caminar por la sierra, por los cerros, los llanos y el arroyo, ya mirando las florecillas, ya identificando y asociando olores a plantas; camino por senderos hechos por el viento, único guía en estas tierras de nadie. Mi vista está siempre alerta al vuelo raso del pájaro tímido, a los copiosos colores que me rodean y me llaman siempre celosos.

Mi vida ha cambiado, y me doy cuenta a través del contraste, el grotesco contraste de aquel niño que recuerdo, y que abrazo en mi imaginación, con el espíritu curioso y viajero que me ha poseído en mi juventud. Mi vida ha cambiado, y ahora que emprendo nuevos viajes sin Propósito, me siento afortunado y agradecido…

Anuncios