Hay a menudo algo de accidentado en mis viajes, que felizmente siempre termina solucionándose. En esta entrada les contaré cómo casi me quedo sin viajar a Costa Rica 😦

El día de mi vuelo, que salía hacia las 20 hrs, comenzó lento. Consciente de que tenía aún muchas horas por delante fui posponiendo mis actividades, ya de por sí pospuestas durante la semana: arreglar algunos asuntos en el banco, visitar a antiguos colegas en la universidad, grabar un video para otro amigo viajero, y un no muy largo etc.

Así pues, el día se fue desarrollando tranquilamente, y yo iba siempre confiando en la holgura de mi tiempo libre… hasta que hacia las 17:15 leí mi confirmación de vuelo donde ponía que era mi deber estar al menos tres horas antes en el aeropuerto… ¡Eso era hacía quince minutos y me encontraba como a una hora de distancia! Ahí comenzó la aventura angustiosa.

Tan rápido como el lento metro de la ciudad de México me lo permitía, me fui al aeropuerto. Pero los minutos iban pasando y ya me creía yo que perdería el vuelo cuando a las 18:30 todavía no ponía mis pies en la terminal aérea.

Finalmente llegué al inmenso edificio, y el siguiente reto fue encontrar el lugar de la aerolínea, tarea nada sencilla en un coloso habitado por decenas de ellas. Pero llegué finalmente, algunos 15 minutos antes de las 19 hrs, y fui recibido con la feliz noticia de que todavía estaba a tiempo. Pero ese no quería ser el fin de la historia.

Cuando presenté mi boleto “sólo de ida” ante el empleado de la aerolínea éste, vestido impecablemente y mientras miraba mi silvestre atuendo viajero, me preguntó con voz que a mi me pareció siniestra: “¿algún comprobante de salida de Costa Rica?”. A mi negativa, él me informó que no podía abordar el avión sin algún boleto que comprobara mi salida del país tico, por disposición de la ley de Costa Rica, y entonces se siguió una serie de opciones que dada la hora a la que me presentaba resultaban inútiles, menos dos: realizar un cambio de vuelo al de mañana por la mañana (lo cual me daba más tiempo para pensar en una solución óptima) o comprar mi boleto de vuelta. Con mirada sombría me dirigí al área de ventas.

“Hola, disculpe”, comencé humildemente, “¿en cuanto me sale un cambio de mi vuelo al de mañana a las 9:15?”. La mujer encargada echó un vistazo en la pantalla de su ordenador antes de contestar con fría voz: “2800 pesos, ya con todos los cargos”… Me aparté silenciosamente y pensé en esa opción por un momento, pero no dejaba de parecerme terrible. Eran ya casi las 19:30 y de cambiar el vuelo tendría que estar en el aeropuerto nuevamente hacia las 6:30… quizá no me daría tiempo suficiente para encontrar una solución y terminaría en la mismas circunstancias.

“Hola otra vez”, le dije con voz tímida, “¿y cuánto cuesta el boleto de vuelta de San José a Cancún para principios de Noviembre o finales de Octubre?”. Nuevamente consultó su pantalla y sin darse cuenta del dolor que me infligía dijo con tono monótono: “4200 pesos”. Cabizbajo me retiré nuevamente. Las opciones eran una peor que la otra y la imaginación me iba proponiendo otro tipo de soluciones igualmente desesperadas como dejar el vuelo, y olvidarme de mi andar por el mundo… pero de repente recordé un detalle elemental: “¡estamos en la ciudad de México!” y con esta revelación vino la consciencia de que hace tiempo al revisar los vuelos había visto que de capital a capital los costos eran más bajos. Con un hilo de esperanza me dirigí nuevamente a la señorita, que ya no sonreía, y le pedí la cotización que ahora me interesaba, a lo cual respondió: “2200 pesos”. ¡Bingo! y, “lo compro”, dije sin pensármelo dos veces. Con dedos ágiles la mujer capturó mis datos y me vendió el vuelo de vuelta. Era ya casi 30 min antes de que saliera el avión (que para mi fortuna estaba retrasado) y luego de documentar mis maletas corrí hacia la sala que me indicaron, a donde llegué justo a tiempo para abordar y ocupar mi asiento junto a la ventana, desde donde observé feliz el nocturno recorrido…

Ahora estoy ya en San José, donde ofreceré algunas pláticas viajeras ¡antes de comenzar mis caminatas exploradoras por selvas y zonas indígenas! ¡Puuuuura Viiiiiidaaaaa!

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