Ya llevo una semana en San José, Costa Rica, y aunque la Pura Vida tica se disfruta, mi corazón añora salir al campo, a encontrar la buena vibra, el acogimiento campesino, la humildad de corazón y el amor hermano del que se sabe vulnerable y orgulloso, de una.

Con estos pensamientos revoloteándome en la choya decidí irme a perder a Orosi, un pueblito no lejos de la ciudad de Cartago, antigua capital tica… y alegremente todo salió al revés que como se planeó.

Luego de palpar el corazón católico en la antigua capital, con sus ruinas de la incompleta parroquia de Santiago, magnífica promesa incumplida por más de cuatrocientos años, y la impresionante basílica, que late llena de vida gracias a la devoción de su pueblo, decidí partir con rumbo a Paraíso, un pueblo intermedio. Sin embargo, la carretera, puente entre ambas poblaciones, ofrecía poco menos que una aburrida caminata contaminada por ruido de coches, gases invernaderos y feas viviendas. No lo dudé dos veces antes de meterme en una calleja, con la idea de llegar por alguna avenida paralela, y así fue que cogí, sin saberlo, camino a Navarro.

Las casas dieron lugar a colinas, y los postes de alambrado público se redujeron a árboles y lianas al lado del camino por el que iba caminando. Poco a poco la ruta me llevó al valle y, camino del valle, fincas de café y bananos. Con paso lento iba observando y pensando en el grotesco contraste que se da en la relación hombre-naturaleza entre la ciudad y el campo. En la primera el hombre violenta, en el segundo se hermana, o se ahíja por decirlo de otro modo.

En el camino conocí gentes ligeras, prontos a la sonrisa y al consejo. Pidiendo direcciones hacia Orosi me mandaron al río, y al puente, y a no dejar de lado sus palabras si no quería perder mi camino. Con sonrisas siempre eficaces a mi cansancio me despedían con abundantes bendiciones.

Así fui bajando hacia el valle, con destino al río, al puente, con rumbo a Orosi, siempre alegre de la visión de la exuberante naturaleza. Y llegué al río.

El puente no era precisamente bello: estructura metálica de reciente manufactura pintada en un amarillo altisonante, me alegré de dejarlo atrás y olvidar su visión. No obstante, y como aquellos portales en los cuentos de hadas, luego de pasar el puente encontré un par de sonrisas radiantes que me recibieron con alegres saludos. Eran Bienvenido Pereira y Juan Bautista, un par de hermanos ya camino a la ancianidad, pero con un ánimo tan jovial como el que más. Cansado por el camino, y con la esperanza de poder disfrutar de algunas historias, me acerqué y bien pronto nos encontramos en animada plática. El río de fondo, rodeados por montañas y abrazado por un frescor reconfortante, Juan Bautista sacó una tetera y compartió su preciado café y algunos panecillos mientras dejábamos que la tarde se nos fuera frente a los ojos. ¿San José? ¿Cartago? pamplinas, aquí estaba el corazón tico, oculto cual piedra preciosa, en las montañas, refugiado en el corazón de la tierra…

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