Al pueblo indígena de Boruca llegué de modo casi accidental, recomendado por una artista de la arcilla, una fotógrafa y un revolucionario indigenista.

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El camino comenzó en San José, Costa Rica, desde donde luego de una semana en que tuve oportunidad de ofrecer tres pláticas sobre mis viajes, fui invitado a una comunidad rural llamada Providencia, ubicada en el cantón de Dota. Así pues, de San José tomé un autobús hacia la vecina ciudad de Cartago bajándome sobre la famosa carretera interamericana en la cual, luego de mostrar el pulgar durante cosa de una hora, un coche se detuvo y aceptó llevarme todo el camino hasta un lugar conocido como “Empalme”, donde yo debía dejar la autopista para tomar un camino alterno, en “la zona de los Santos”. “Ve a Santa María, y pregunta por Tita”, me había dicho un amigo, “si ella no puede hospedarte, seguro te pone en la dirección adecuada”. Así pues, llegué a donde Tita, y con ella me quedé cosa de tres días, disfrutando de su singular personalidad, la gente formidable que visita el lugar, y la inolvidable atmósfera de su cocina comunal. Pero tenía que continuar mi camino.

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Una mañana, muy temprano y luego de despedirme de Tita tan afectuosamente como permitía nuestra confianza, salí camino a providencia, un pueblito perdido en las montañas no lejos de la famosa reserva conocida como “Manuel Antonio”. El camino era como de unos veinte kilómetros, los cuales recorrí siempre viajando de aventón, gozando de la hospitalidad humana, hasta llegar al pueblo de Providencia con una curiosa mujer llamada Noire.

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Noire tiene un proyecto turístico rural bastante notable. Localizada en las montañas, literalmente, la casa de Noire es un paraíso para los viajeros. Con ella van estudiantes a aprender de su espíritu emprendedor, turistas amantes de la naturaleza, y viajantes como yo que buscan un lugar donde puedan ayudar a cambio de hospedaje y comida. De inmediato, y de la manera más desinteresada, Noire me recibió y me encomendó algunas tareas poco ligeras para desquitar la comida siempre sabrosa y saludable de los días que pasaría bajo su techo. La suerte de mi lado, como de costumbre, hizo que no hubiera otro viajante durante mi estancia, y así disfruté del bosque, el rio y las montañas en una soledad siempre contemplativa. Pero el tiempo pasaba, y mi camino a Boruca tenía que continuar.

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Durante mi estancia en San José, Santa María y Providencia cuidé de platicar con gente de espíritu ligero que pudiera aconsejarme acerca de un lugar a donde llegar en Boruca: siendo un pueblo que recibe una gran cantidad de turistas, ellos toman a menudo a los viajeros como una fuente de dinero, y contra eso tenía yo que luchar…

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Con una lista de nombres en mi bolsillo hice el camino de providencia a la Interamericana, a un restaurante llamado “chespiritos” que hay en el camino, desde donde fue sumamente sencillo conseguir un “raid” para llegar hasta Buenos Aires, de donde tuve que esperar casi una hora antes de convencer a alguien a que me llevara… pero al final siempre alguien se para por un viajero bonachón. De Buenos Aires llegué a Brujo, y de ahí me adentré a Térraba… otra comunidad indígena… distinta. Una sed como pretexto me hizo dirigirme a una casita a pedir un poco de agua, y luego de una conversación ligera me invitaron a pasar, a charlar, y me invitaron a volver con ellos, para compartir, aprender y conocer… y así lo decidí.

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Boruca, primero oculto por la venda ligera de mi ignorancia, se me fue descubriendo como un pueblo en resistencia que lucha por traer de vuelta su cultura, lengua, arte… su esencia. Próximamente les compartiré un reporte con todo lo que me enteré, con lo que vi y sentí… para que mis ojos sean los suyos, y su opinión ayude a generar ideas…

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¡Abrazo Viajero!

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