Durante mis viajes, hacer auto-stop (raid o aventón) ha sido siempre una fuente de sucesos curiosos, y en México no podía ser diferente. Me explico:

Hace unos días llegué a Tulum, y desde sus afueras comencé a alzar el pulgar haciendo la seña de viajero y confiando en que, siendo el último tramo de mi viaje hacia Cancún, no tendría ningún problema para parar un coche… pero me equivocaba. Los minutos pasaban y, aunque tucanes y otros pajarillos de menor interés alegraban mi mirada, mi ánimo iba decayendo al tiempo que mi sed iba creciendo.

   Finalmente, quizá después de una hora de esperar, un auto se detuvo a unos cuantos metros de donde yo estaba y de él salió un hombre de baja estatura, moreno y no de muy buena pinta, con sus ropas sucias y un poco despeinado (quizá un poco parecido a mi); “¿a dónde viajas?” me preguntó con tono desconfiado. Yo le expliqué sin contratiempos mi intención y él, entre aliviado y apenado, me contestó que sólo iban a un pueblo vecino de cuyo nombre maya no alcanzo a acordarme. Quizá él pensó que el aventón de unos treinta kilómetros me era inservible, pero yo le agradecí y brinqué dentro del coche, donde esperaban en sus asientos otros tres hombres igualmente de baja estatura pero de aspecto más juvenil que mi primer interlocutor. En el camino ellos iban riendo, haciendo bromas, tomando algunas cervezas: tras cuatro días de trabajo habían decidido que tenían suficiente dinero para irse a divertir, y su plan era visitar un conjunto de cenotes; y yo que nunca había visto un cenote en mi vida. La invitación no se hizo esperar, y yo acepté sin demora.

   Dejamos la autopista y el camino se convirtió rápidamente en uno de tierra de donde el coche de mis nuevos camaradas difícilmente podía salir intacto. La selva se cerraba a ambos lados, y cuando a mi me parecía cada pedazo de maleza igual que el anterior, el auto se detuvo y entre ellos intercambiaron algunas palabras en maya antes de bajar del vehículo. Fue sólo entonces que percibí una pequeña cueva que, oscura, parecía tragarse todo lo que se acercaba, y nos adentramos, ellos seguros, yo sin saber qué esperar. A un conjunto de chillidos que aparecieron de inmediato ellos respondieron explicándome que se trataba de murciélagos, y que los cenotes estaban siempre llenos de ellos. Seguimos caminando torpemente en la oscuridad hasta que finalmente percibí unos rayos de luz a la distancia, y luego el agua se hizo evidente. Voces mayas al rededor.

   Aunque afuera el tiempo era bochornoso, donde estábamos se sentía un viento fresco. El agua echaba haces de luz intermitentes, víctimas del movimiento irregular de la superficie, tan transparente como el vacío, y debajo el color turquesa. Estaba yo ahí, presenciando un eco de más de mil años de antigüedad. Los jóvenes mayas hablaban en su idioma, ignorantes de mis pensamientos, creando una atmósfera que me hizo salir de mi mismo y convertirme en uno más de ellos, antes de que yo llegara viajando de raid, antes de que mis ancestros indígenas abrazaran la fe cristiana, e incluso antes de que mis ancestros europeos supieran de estas tierras lejanas. Ahí estaba yo, y me sentí agradecido de ello…cenote

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