Tan pronto como ubico mi memoria en los primeros días de mi viaje me viene a la mente una ocasión en la que casi muero envenenado: ¡un día después de mi aterrizaje en Londres, Inglaterra!

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Del avión al tren. El Gatwick Express fue sin dudas una mala idea.

Bueno, era sólo el segundo día de mi viaje. Y las aventuras comenzaban ya a ponerse sabrosas.

A Londres llegué en vuelo directo desde Cancún por sólo €250. En mi billetera £100 y €250 reposaban inquietos. Optimista, me dije a mí mismo que me quedaría en Europa tanto tiempo como el dinero me rindiera, mas después de un par de horas en la capital inglesa tuve que reconsiderar mi vida: luego luego saliendo del aeropuerto me subí al Gatwick express por £15 (la opción más cara, ¡y que todo viajero debe evitar!). Pagué £2 por quince minutos en un ciber-café (¡creo que fue la última vez que pagué por internet!). Un panecillo con un café (£8) y finalmente un ticket de autobús hacia Bristol (£22,), mi primer destino.  ¡Casi £50 durante mis primeras horas en Inglaterra! Y mi presupuesto era de £100… No parecía que mi viaje fuera a durar mucho… ¡Pero me quedé tres meses en la gran bretaña! En esta serie de anécdotas quedará bien claro cómo hice.

En todo caso, en esta entrada lo que les quería yo contar es que casi inmediatamente después de llegar a Inglaterra estuve a punto de morir envenenado mortalmente. La anécdota no es larga, pero más vale que comience de una vez.

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Uno de los muchos puertos ingleses. Gran nación de navegantes, sin duda.

Luego de llegar a Bristol y hospedarme con mi primer hospedero transatlántico busqué en mi imaginación algún pretexto para salir a buscar aventuras. Esta ciudad antiquísima me mostró sus bellezas orgullosa, pero yo decidí salir al campo, así que tomé prestada una bicicleta y me dirigí, equipado con un mapa, hacia la vecina ciudad de Bath.

El camino fue fantástico, muchas veces a lo largo del río Avon. Cruzando potreros y bosques pronto me percaté de un fenómeno singular. Aquí y allá vi gente cerquita de unos arbustos no muy atractivos. En la primera oportunidad me detuve y, sin ser visto, me acerqué a una de esas plantas que tanto llamaban la atención de aquellas gentes: ¡Zarzamoras! exclamé sorprendido.

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Zarzamoras silvestres en Inglaterra.

En pleno otoño, la mejor época para colectar zarzamoras, los ingleses (principalmente los mayores) se aprestan a colectar los fruto de la Zarza. Emocionado por mi brillante descubrimiento llené mi boca y bolsillos de las más jugosas frutillas que encontré y con el espíritu alegre continué mi camino considerando discretamente la fortuna de mi primer día de viaje.

Bath me presentó los antiquísimos baños romanos e iglesias hermosísimas (lamentablemente para este momento me dí cuenta de que las baterías de mi cámara estaban vacías, de modo que pude tomar ninguna foto de esta parte del viaje) donde los reyes de antaño eran coronados. Inglaterra es sin lugar a dudas un país hermoso, en sus paisajes naturales y artesanales. El sol comenzó a caer y yo, empujado por mi apetito me dirigí de vuelta a casa.

Par este entonces ya varias veces había atraído mi vista una hermosa frutilla roja en un árbol muy parecido a un pino. Me acerqué cuidadoso a un árbol solitario (por algún motivo sentía que las frutas eran propiedad privada, de modo que actuaba yo siempre con la mayor discreción), y tomé un fruto. Con sumo cuidado lo presioné con mis dedos y toqué con la punta de mi lengua un líquido viscoso que escurrió lentamente: ¡delicioso! Algo tan sabroso no puede sino ser grandemente nutritivo, pensé naturalmente. Tiré el frutito en mi boca y de inmediato descubrí una gruesa semilla. Con habilidad separé el huesito de la carnita de la fruta y escupí descuidadamente  una bolita negra. Repetí el procedimiento gustoso una y otra vez hasta quedar satisfecho y, aún más airado que antes, continué mi camino.

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El tejo, o Yew como se le conoce en Inglaterra. Un árbol común en los cementerios europeos.

Más adelante encontré a un viejo calvo de barbas largas. Un sabio, pensé. Me detuve a su costado y, mientras él esculcaba una enorme Zarza yo aproveché para abordarlo. Con la mayor atención me aclaró que, en efecto, los frutillos negros que recogía eran Zarzamoras. Yo, complacido por su conocimiento, decidí continuar mi interrogatorio y dirigir la conversación hacia aquel fruto rojo del que ya les he contado. Luego de mi cuidadosa descripción él abrió los ojos bien grandes y sorprendido exclamó ¡the Yew tree (el árbol del tejo)! Ahora fue su turno para describir cuidadoso el fruto, que concordaba a la perfección con el que yo tan felizmente había degustado: ¡deadly poisonous (mortalmente venenoso)! ¡¿Has probado la fruta?! interrogó sólo para comprobar su preocupación. Sin titubear me recomendó visitar un doctor antes de que fuera demasiado tarde. Y entre palabras de lamento y cuidado me despidió cuando yo me dirigí a toda prisa a donde mis hospederos. Los días pasaron, los meses, y ahora los años, y nunca sentí ni un retortijón del que pudiera culpar al fruto del tejó. Más tarde aprendí, no obstante, que aunque la semilla es sumamente tóxica, el fruto es rico en nutrientes, e incluso en la antigüedad era utilizado para preparar mermeladas y otros manjares (así de rico es).

En todo caso, esa fue la primera llamada de atención a mi prudencia, la cual ejercité con mayor diligencia durante los siguientes meses… los cuales no obstante estuvieron llenos de sorpresas y aventuras, que ya les iré contando…

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