¿Les ha pasado que tiene sensación de despertar de un largo sueño, como de abrir los ojos a la realidad, a un flagrante hecho fundamental que habían ignorado? Algo así me pasó mientras me asomaba a las ruinas de una casona Inglesa del siglo XV. Ahora les explico por qué.

Minster Lovell Hall son unas ruinas a las afueras de Oxford que han resistido al paso del tiempo como tangible memoria de la Inglaterra de hace casi seiscientos años: Se trata de un lugar legendario, al cual asistía a menudo el mismísimo Ricardo III, ese de las obras de Shakespeare, cuando iba a visitar a aquel de quien se dijera que era el mejor amigo del Rey, a Francis Lovell (heredero de William Lovell, quien erigiera la casona a inicios de 14oo).

Me detengo un momento, hago cuentas rápidas y respiro hondo, tragando saliva en una mezcla de sorpresa y disgusto.

Estoy parado frente a las ruinas de una casona que precede, cronológicamente, las últimas cuatro remodelaciones que se le hicieron al Templo Mayor en Tenochtitlán, la capital del imperio Azteca. Ricardo III fue contemporáneo de Moctezuma Xocoyotzin. Pero la capital del imperio Tenochca fue mucho mayor que Londres. No obstante la arquitectura Azteca me es completamente ajena, como de otro mundo… de una civilización lejana, muy lejana en la historia. La antigua casona Inglesa me resultó, al contrario, muy familiar. Mirar en derredor me bastó para notar que el estilo arquitectónico, la concepción de lo que es una casa, es básicamente la misma que hace seiscientos años. Ojalá en México existiera aún la concepción arquitectónica Azteca, ojalá aquella gran ciudad, con sus canales y demás maravillas que dejó a los españoles boquiabiertos, nunca hubiera sido destruida… ojalá…

Me alejo silencioso, meditativo…

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Alguna idea de cómo pudo haber lucido la capital Mexicana a la llegada de los conquistadores.
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