De Turquía me sobran emociones e historias que contar, pero me faltan las palabras (y las fotos: perdí mi cámara en Belgrado un día antes de entrar al país asiático). Cada vez que pienso en escribir de esta gente me tiemblan los dedos, como si ellos mismos hervieran de emoción. He aquí una breve reseña de mi paso por tierras otomanas, con algunos tips para que viajen barato por ellas.


A Turquía llegué casi por accidente un día que hacía auto-stop a las afueras de Belgrado: esperando llegar ese mismo día a una granja a una docena de kilómetros de la capital Serbia terminé en un coche que se dirigía como desesperado hacia Turquía. Cuando el conductor me preguntó si le acompañaba hasta su país yo no me lo pensé dos veces. Más de mil kilómetros viajé ese día hasta que casi a la media noche mi nuevo amigo me dejó en una carretera a las afueras de un pueblo, no lejos de Edremit, dando voces de: “mi país, mi dinero” a la vez que me extendía un fajo de billetes turcos. Poco me valió negarme y tratar de explicarle que viajando como lo hago poca falta tengo de dinero, él sólo repetía: “mi país, mi dinero”. Y desapareció en su coche, tan deprisa como venía.

A Turquía se entra sin muchos problemas (los requisitos son casi los mismos para los países latinoamericanos), pagando una cuota por la visa (entre 20 y 40 €, depende del país que vengas). Atravesarlo entre caminando y haciendo ride (auto-stop) tampoco fue demasiado complicado.

La primera noche la pasé, con un poco de frío, durmiendo en un edificio a medio construir, e inmediatamente, la mañana siguiente emprendí mi camino, hacia cualquier parte 😛
No caminé ni diez minutos cuando un coche se detuvo: eran agentes de inmigración. No muy lejos de Ayvalik, Edermit es frecuentada por refugiados en su tumultuoso viaje a Europa, y yo con mi pinta de sirio… bueno, los oficiales nomás no se creían que lo que tenían frente a ellos, con facha de vago deslavado era un Mexicano como cualquier otro, e inspeccionaron con cuidado y poca delicadeza mi ya de por sí arrugado pasaporte. Pero finalmente, aunque poco convencidos, se despidieron deseandome “feliz estancia”. Así empezaba mi camino, con reminiscencia a mi paso por los balcanes.

Pero eso era sólo algo así como las últimas gotas de un día lluvioso antes de salir el sol. Muy pronto todo cambió, transformando el resto de mi viaje en una experiencia sin parangón en todas mis caminatas viajeras.

Mi forma de ser se inclina a saludar a la gente cuando camino por los pueblos, sonriendo en espera de algún gesto de vuelta, y esta práctica, poco fructífera, si no estéril en la mayoría de los países europeos se convirtió en una fuente de incontables anécdotas a lo largo de mi paso por la costa turca. Innumerables veces las gentes, curiosas de mi atuendo, me invitaban a tomar el té con ellos. A diferencia de otros países donde existe “la hora del té” en turquía existe té a toda hora, y siempre parecen estar listos para un vaso más (ellos toman el té en unos pequeñitos vasos de vidrio). Y para despedirme, aún y cuando pocas veces pude compartir mis historias pues son pocos los que hablan inglés o español, era uso común ofrecerme higos, miel y pan para mi viaje, artículos que al inicio acepté gustoso, pero a los que luego tuve que negarme, muy a mi pesar. El asunto es que casi cada quinientos metros me invitaban a tomar el te, y a ello se seguía alguna bolsa con alimentos “para el viaje”: mi mochila no tardó en llenarse y pesar más de lo que conviene a un Viajero sin Propósito. No mentiría se les dijera que en algún momento hasta pensé en dedicarme a vender miel o higos, pero en aquellas tierras parece que dichos productos los tienen todos en abundancia…

Por primera vez, en turquía, me subí a una motocicleta mientras pedía ride, apañándome tan bien como podía al asiento y pensando que el siguiente sería el último bache de mi vida. Pero también viajé con un médico, un director de cine (esta es una bonita anécdota donde me dio ride un exbanquero que lo dejó todo para seguir su sueño: ser director de cine !!!), obreros, estudiantes y militantes de la guerrilla kurda (con mi pashmina de cuadros blanquinegra fueron varios los que me confundieron). Pero gran parte, y la mas bella, de mi viaje, debo confesar, la hice a pie.

En Turquía existe una ruta de senderismo no demasiado vieja, pero que se ha vuelto excesivamente popular en los últimos años, debido a la enorme belleza de los paisajes por los que atraviesa a lo largo de la costa sudoccidental de la península. Esta parte de turquía, según nos explica Herodoto en sus Historias, fue en algún tiempo territorio del imperio Licio, y es de éste que este largo sendero toma su nombre: Lykia Yolu (camino Licio por su traducción literal del turco). Donde tuve la oportunidad de caminar por casi dos semanas hasta llegar a Antalya, donde terminó mi experiencia turca.

Espero poder compartirles próximamente un post exclusivo con tips para viajar con poco dinero en Turquía… en todo caso lo más importante es atreverse, el resto viene solo 😀

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Con un grupo de jovenes viajeros turcos al inicio de Lykia Yolu.

¡Felices viajes!

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