Hace ya varios años que vengo observando hongos a donde quiera que voy en mis viajes, maravillándome con la enorme variedad de formas, colores, pero no ha sido sino hasta este año en que me he decidido a colectar hongos para comérmelos.

Naturalmente la colecta de hongos es una tarea que debe tomarse con la mayor seriedad, ya que el consumo de hongos venenosos puede costar la vida, y hay algunos que son tan venenosos que hace falta solo unos pocos gramos para acabar con la vida de un humano adulto. Así que, si alguno de mis lectores planea aventurarse en el fascinante mundo de los hongos le recomiendo que tome algún curso o se compre unos buenos libros donde se describan las variedades locales.

Así, dado que me ha dado por pasar algunos años en Alemania explorando la sociedad y naturaleza, me he conseguido una buena guía de hongos donde he aprendido a apartar los tóxicos de los comestibles, y en esa guía he descubierto que, contrario a lo que creí mucho tiempo, los hongos no son exclusivos del otoño, sino que a varias especies se las puede encontrar a lo largo del año. Este conocimiento me motivó a emprender algunas caminatas en busca de las casi míticas Colmenillas, y como bendecido por esa suerte que tienen los principiantes di con mi primeros ejemplares.

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Las Colmenilas son, según los más renombrados expertos, unos tesoros complicados de encontrar: ocultas entre el naciente pasto y confundidas a menudo con hojas secas del pasado otoño, encontrarlas puede ser un reto mayor hasta para recolectores experimentados. Felizmente las colmenilas son extremadamente peculiares y todas las especies son comestibles. Sólo existe un hongo tradicionamente reconocido como potencial “doble venenoso”: la Falsa Colmenilla, no obstante esta es fácilmente identificable una vez que se sabe de ella, de modo que es difícil equivocarse.

Como sea, yo colecté, cociné, y me deleité con unos hongos que internacionalmente son conocidos como gourmet… ¡Y el año apenas empieza!

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