Desde que no estoy en México, en América Latina, mi corazón late más fuerte a la menor provocación, al más lijero recuerdillo de aquellas tierras, de su gente y su historia.

No, no soy un rojo, pero mis puños se crispan al leer “Las venas abiertas de América Latina”, al leer de las fallidas guerras de liberación de las clases oprimidas y del colmillo siempre al acecho que no lo piensa dos veces antes de lanzarse a la yugular; un colmillo que se lanza, pero no al modo asesino de algún animal carnívoro, sino con la diabólica intención vampirezca de dominar, manipular, de poseer a su víctima.

Se me enchina la piel, y me da pena darme cuenta de mi inocencia, al leer acerca de la invasión europea a tierras Americanas. Cuando leo acerca de el acecho de Cortez y sus hombres a las puertas de México-Tenochtitlán, todavía me ilusiono pensando que en cualquier momento Moctezuma mandará a acribillar a los españoles (¿había otro modo de impedir la invasión? ¿había posibilidad de un reconocimiento de la soberanía indígena?). ¡Pero no! No importa cuántas veces lo lea, Moctezuma siempre termina invitando a los invasores hasta sus aposentos, y se deja hacer prisionero.

Cuando leo acerca de la “Revolución Mexicana” me imagino que Zapata tomará las riendas del país, creando una jóven nación popular.

Pero no importa cuántas veces lo lea, Zapata siempre es asesinado el mismo trágico 10 de Abril, Pancho Villa y el Ché Guevara mueren emboscados. El 2 de octubre del 68 siempre mueren cientos de estudiantes en Tlatelolco, y el 26 de Septiempre de 2014 Ayotzinapa llora por sus 43 hijos que nunca volverán a sonreir.

El sol se ha puesto para siempre para ellos… “Es hora de mirar hacia adelante”, me digo. Porque de nada sirve soñar con impedir la captura del Inca o salvar a los que han caído. Aunque me fascina añorar el pasado o soñar con un mejor futuro, estoy condenado a vivir para siempre en el presente. Ahora hacemos nosotros la historia…

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